Cuando lo imposible nos atrapa. La fantasía como refugio y espejo del mundo real (2)

Magia y fantasía

Hay días en que la realidad pesa como una losa. Las noticias repiten guerras, catástrofes, injusticias y desórdenes que no vienen al caso, pero que terminan por fastidiar las horas de los que vivimos en este pedazo de roca, llamado Tierra.
Los problemas personales se mezclan con esa sensación de que el mundo corre demasiado rápido. Y en medio de todo ese batallar de conjeturas propias de la vida, alguien abre un libro de fantasía y de pronto está en otro lugar. Sin embargo, no es escapismo barato, es una forma de resistencia. La fantasía no solo entretiene. Nos recuerda quiénes somos, nos permite respirar cuando la vida aprieta y, a veces, hasta nos da respuestas inesperadas. O simplemente nos lleva a soñar con mundos propios y personales.
La magia de leer cuando todo parece derrumbarse
Muchos piensan que leer fantasía es huir de la realidad. Pero ¿qué pasa si es justo lo contrario? Cuando un lector entra en la Tierra Media de Tolkien, en el continente de Sapkowski o en el bosque infinito de Robert Holdstock, no está huyendo. Está entrenando la mente para reconocer la belleza y el peligro, para enfrentarse a dilemas que, disfrazados de dragones o maldiciones, son los mismos que enfrentamos en el día a día. Ya sea la corrupción del poder, el miedo a perder a los seres queridos, o la necesidad de esperanza. Porque todo tiene que ver con el centro de nuestra existencia. De lo que somos. De lo que aspiramos a ser en la vida. De lo que llevamos dentro. Aquello por lo que luchamos y la necesidad de vivir una vida donde podamos expresarnos cn libertad.
Y para ello, la fantasía, en su núcleo, es una conversación sobre lo humano. ¿Qué harías si tu vida estuviera en juego? ¿Y si tu lealtad a un amigo implicara sacrificarte? ¿Qué harías si la única forma de sobrevivir fuera creer en lo imposible? Esas preguntas, camufladas de espada y hechizos, nos golpean más fuerte de lo que parece. O puede que no, y solo le estemos dando importancia a un punto que no merece demasiado nuestra atención. El que lo quiere, lo toma. El que no, lo deja. Después de todo, la fantasía, es solo eso, ilusión y creatividad basada en la imaginación de mundos que no exísten, pero que, en verdad, son sinónimos de entornos a los que cubrimos con una tela de seda, pensando que lo que hay debajo, es otra cosa. Creo. Pienso. Deseo. Anhelo. Cada universo tiene sus propios dogmas, principios y normas que lo rigen. Y cada persona, tiene su propia verdad en el asunto.
Fantasía como espejo de lo real
Un buen ejemplo es El Señor de los Anillos. Detrás de las batallas épicas y los paisajes interminables, Tolkien hablaba del desgaste, del sinsentido de la guerra que había visto de cerca. La Comarca representa la calma, lo sencillo, lo que todos quisiéramos proteger. Mordor es lo que pasa cuando el poder arrasa con la humanidad. Y Frodo, un hobbit cualquiera, nos recuerda que hasta el más pequeño puede cambiar el rumbo del futuro.
Algo parecido sucede con The Witcher de Sapkowski. Geralt vive en un mundo podrido de desigualdad, racismo y luchas políticas, e incluso a vece cansa. ¡Y mucho!
¿De qué huimos al leerlo? De nada. Más bien reconocemos la crudeza que ya existe y encontramos una figura que, con ironía y con cierto cansancio, intenta seguir siendo humano en medio del caos. A pesar de que en los libros la historia es fresca, intuitiva y dura. En la serie de TV, ¡Cielos! Omiten muchas cosas. Deja de ser real y solo se muestra el entretenimiento.
En definitiva, la fantasía no inventa problemas que no conocemos. Los disfraza para que podamos enfrentarlos sin miedo directo. Nos da un espejo, pero en un marco diferente. Según el punto de vista de cada uno. Porque no todos vemos lo mismo.
El refugio que necesitamos
Leer también es un refugio. Cuando la vida se vuelve asfixiante, abrir un libro de fantasía es entrar en un espacio donde todavía hay lugar para la maravilla. Allí, los dragones existen, las ciudades flotan en los aires y los fantasmas hablan en los pasillos de un castillo en ruinas.
Ese refugio no es evasión. Es un recordatorio de que lo imposible sigue teniendo un lugar en nosotros.
Piénsalo por ejemplo. Un niño que atraviesa las páginas de Harry Potter no está solo siguiendo una aventura de magos. Está aprendiendo lo que significa la amistad, la pérdida, la valentía de decir “no” cuando todos dicen “sí”. Una adulta que se adentra en Mitos Nórdicos de Neil Gaiman no está perdiendo el tiempo en fábulas antiguas. Está reconectando con símbolos y preguntas que llevan siglos en pie.
La fantasía nos sostiene porque amplía nuestra visión del mundo. Si aquí todo parece oscuro, allá todavía hay estrellas que seguir. Horizontes a los cuales alcanzar. Metas. Ideales. Y por eso empujamos por continuar. Seguimos adelante. No renunciamos. Nos adentramos a la boca de la pantera y le rompemos los dientes, para que nos deje en paz, y de ese modo, poder continuar. La vida es una batalla.
Historias que tocan fibras personales
Muchos recordamos la primera vez que un libro de fantasía nos hizo llorar o nos dejó pensando toda la noche. Esa experiencia es universal. No importa si fue con La Historia Interminable de Michael Ende, con un relato de Ursula K. Le Guin o con una novela poco conocida comprada en una librería de segunda mano. Lo cierto es que esos mundos imposibles consiguen tocar fibras muy íntimas.
Cuando Atreyu pierde a Artax en el pantano de la tristeza, no solo es un caballo el que se hunde. Somos nosotros perdiendo aquello que amamos. Cuando Daenerys en Juego de Tronos se ve obligada a negociar entre poder y humanidad, sentimos el peso de las decisiones que nunca son perfectas. La fantasía se clava ahí, en lo más humano. Sigo pensando que Daenerys, debió continuar. Ella en sí misma era un mundo aparte. Ünica e inflexible.
¿Y qué pasa con el romance en la fantasía?
Aunque el género esté lleno de guerras, mapas y profecías, el romance siempre aparece. Bendito romance. A veces es central, a veces apenas un susurro. Pero está ahí porque la fantasía sabe que no hay héroe ni heroína que camine sola. Piénsalo: Aragorn y Arwen, Geralt y Yennefer, incluso historias más actuales como Una Corte de Rosas y Espinas de Sarah J. Maas. El amor no es un adorno, es un motor. Y cuando la realidad nos resulta dura, ver ese tipo de vínculos en medio de la oscuridad se convierte en un bálsamo. ¡Claro que el amor exíste! Y es tan extenso, que no alcanzaría un post para declararlo.
La fantasía no caduca
Hay quien dice que la fantasía es para niños o adolescentes. Nada más lejos. La fantasía crece con nosotros. De pequeños soñamos con volar en dragón. De adultos comprendemos lo que significa cargar con responsabilidades imposibles. La misma historia puede ser un juego o una lección de vida, según en qué etapa nos encuentre.
Por eso sigue viva, por eso se multiplican los libros, las sagas, las adaptaciones. Porque aunque cambien los nombres de los héroes, lo que está en juego es lo mismo. El sentido de vivir, la importancia de creer en algo más grande que nosotros.
Cuando lo imposible nos salva
Volvamos al inicio. ¿Por qué seguimos leyendo fantasía en medio de un mundo real tan caótico? Porque necesitamos que alguien nos recuerde que todavía hay espacio para la esperanza. Porque en los dragones vemos nuestros miedos, y en los héroes cansados vemos nuestro reflejo. Porque aunque no podamos empuñar una espada encantada, sí podemos aprender de quienes lo hicieron en papel.
La fantasía nos ayuda a expresarnos mejor, porque nos recuerda que lo imposible no está muerto. Está vivo en cada página. Y mientras exista, habrá un lugar al que volver cuando el mundo real nos resulte demasiado. Lamentablemente, no es para todos. Algunos la odian. Los prácticos. Los que no desean ver nada extraño volando por los cielos que no sean aviones o aves. Allá ellos. Cada quien vive como quiere y piensa lo que quiera. Nadie obliga a nadie a creer en algo que no encaja en la ecuación propia de cada individuo.
Cierre
Si llegaste hasta acá, seguramente la fantasía también fue refugio alguna vez para vos. Quizás en un viaje en colectivo con un libro abierto en las rodillas. Quizás en una noche en la que todo parecía derrumbarse y solo una historia te sostuvo. Eso es lo que nos une a quienes leemos este género. No los dragones, ni los hechizos, sino la certeza de que la literatura fantástica sigue siendo un hilo invisible que nos ata a lo humano. Como dije, depende de la perspectiva de cada uno. Nadie está obligado a creer en las infinitas posibilidades de un universo en bancarrota que ama los sueños y que, suele pensar que la verdad, no es sino, una gran estructura sostenida por anhelos y deseos del corazón.
Eli Key´25
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Aunque poco y nada sirva que lo destaque.
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